Yo, mi alma y mí cerebro antes del invierno
Acabo de despertar y mis ojos aun se encuentran soñando, como cuando quieres y no puedes. Terrible no.
A veces me pregunto, a donde se va mi sombra en la oscuridad. Quizá se encuentra con mi reflejo antes de que yo me vea en un espejo, o quizá se unta a mi piel escondiéndose en mi espalda, pensando sorprenderme en la claridad.
El día estuvo lloroso hoy, las nubes se detuvieron y no siguieron su camino eterno hacia ningún lado. Las observé cautelosamente, mientras un perro terminaba de mordisquear mi mano derecha; al término de eso me abrazó, se recostó sobre mi hombro y logré abrir su cráneo presurosamente, liberando al gato que permanecía oculto por dos largos segundos, que duraron años.
Cogí su cola y volamos hasta el paradójico pensar de la osa mayor, luego me dejé caer hasta mi cama y entré en profundo sueño, pero mis ojos se acababan de despertar y decidieron mirar mi cuerpo, que bañado en sangre, lograba mantener limpio aquel terno blanco que llevaba puesto. Mis ojos se cansaron de mirar y entraron en sueño, entonces desperté y corrí rápidamente a oír las conversaciones secretas entre Dios y el diablo, quienes se citaban en los sumideros de la ciudad, pensando que los serafines podían argumentar todo lo sucedido en el paraíso, mientras el creador estaba ausente y pensando que los arcángeles lograban mantenerse quietos esperando el retorno de su padre. Sin saber que el principito preguntaba, una y otra vez, el por qué de la conversación entre ambos creadores, y que al lograr una respuesta, éste se marcharía hasta su planeta, tan solo y tan triste, esperando ir en busca de mil preguntas mas para su sapiencia.
Me mantuve callado, pero sentía frió y calor a la vez, y no lograba concentrarme. El olor a azufre irritaba mis fosas, y el olor a flores endulzaba mi olfato; entonces, vi crecer una flor en mi mano despellejada y mal vestida, la cual, lastimaba aún más la herida que hacia en ella, produciéndome un llanto inigualable, del cual, lágrimas secas salían a relucir y caían sobre los pétalos marchitos de aquella flor. Quien comenzó a crecer y aumentar sus raíces, logrando hacer tanto ruido que Dios volteó y lanzó un rayo con sus cabellos rojizos hacia el firmamento, dejando caer una mujer, quien tenia ordenes de desterrarme de la faz de la tierra, y esta sería su ultima oportunidad.
La mujer corrió, sus alas eran fuertes, y en cada aleteo cosas y polvo levantaba haciéndome más complicado el camino de la salida; hasta que vi la luz y me dejé caer hacia el acantilado. Abajo me esperaban sirenas, duendes y hadas, todos desterrados y pacientes de cordura, calculando en que parte caería primero para poder destrozarme, y acabar con mi mano sana que escribía todo lo que estaba pasando…
De pronto mis ojos se despertaron, habían soñado todo el desenlace que a mi cuerpo envolvía en ese instante, entonces fueron a mi búsqueda, llegando poco antes de que mi corbata tocase el suelo, lleno de excremento y huesos. Al encontrar mis ojos su lugar de origen en mi rostro, fue como si hubieran tocado un transportador que me llevó al origen de estos escritos.
Caí en una celda un tanto vacía, y llena de escrituras en las cuatro paredes donde iban a verme algunos amigos, de mes en mes, de dos en dos, y de tres a seis. Porque lo locos deben estar muy bien encerrados, pues son un peligro para la sociedad y para el status “alto”, porque los locos todavía podemos dibujar imágenes en el cielo, todavía podemos escribir canciones cursis y decir “Te quiero”, porque todavía hay muchos locos como yo, que creen en la utopía y salen a las marchas en contra de dictadores y opresores, que intentan apoderarse de cualquier vida humana que va vagando por los bosques o por las ciudades, intentando encontrar algún amor, algún cariño o abrazo que los vuelva a la vida.
Enterré esto allá por el año de 1986, en un cofre que confeccioné en el útero de un vientre que se perdió con el pasar de los años, y que tomó un camino distinto al mió. Hoy después de 19 años lo descubro, y me doy cuenta de que se acercaba el invierno y que su frialdad me tocaba las orejas, como advirtiéndome de su estación. Miré una vez más el cielo, y soñé hasta hoy, que se me hace muy difícil despertar y mirar que la conexión de mis sentidos están muy holgazanes como para darse cuenta que soy parte del viento que respiran, que los mantiene riendo y pensando a todas horas, que soy yo quien también les ha de quitar esa sensación fresca de sus dos agujeros negros que ocultan mucho, tanto como mi alma antes del invierno.
Jonathan de M

