miércoles, agosto 22, 2007

Yo, mi alma y mí cerebro antes del invierno

Acabo de despertar y mis ojos aun se encuentran soñando, como cuando quieres y no puedes. Terrible no.

A veces me pregunto, a donde se va mi sombra en la oscuridad. Quizá se encuentra con mi reflejo antes de que yo me vea en un espejo, o quizá se unta a mi piel escondiéndose en mi espalda, pensando sorprenderme en la claridad.

El día estuvo lloroso hoy, las nubes se detuvieron y no siguieron su camino eterno hacia ningún lado. Las observé cautelosamente, mientras un perro terminaba de mordisquear mi mano derecha; al término de eso me abrazó, se recostó sobre mi hombro y logré abrir su cráneo presurosamente, liberando al gato que permanecía oculto por dos largos segundos, que duraron años.

Cogí su cola y volamos hasta el paradójico pensar de la osa mayor, luego me dejé caer hasta mi cama y entré en profundo sueño, pero mis ojos se acababan de despertar y decidieron mirar mi cuerpo, que bañado en sangre, lograba mantener limpio aquel terno blanco que llevaba puesto. Mis ojos se cansaron de mirar y entraron en sueño, entonces desperté y corrí rápidamente a oír las conversaciones secretas entre Dios y el diablo, quienes se citaban en los sumideros de la ciudad, pensando que los serafines podían argumentar todo lo sucedido en el paraíso, mientras el creador estaba ausente y pensando que los arcángeles lograban mantenerse quietos esperando el retorno de su padre. Sin saber que el principito preguntaba, una y otra vez, el por qué de la conversación entre ambos creadores, y que al lograr una respuesta, éste se marcharía hasta su planeta, tan solo y tan triste, esperando ir en busca de mil preguntas mas para su sapiencia.

Me mantuve callado, pero sentía frió y calor a la vez, y no lograba concentrarme. El olor a azufre irritaba mis fosas, y el olor a flores endulzaba mi olfato; entonces, vi crecer una flor en mi mano despellejada y mal vestida, la cual, lastimaba aún más la herida que hacia en ella, produciéndome un llanto inigualable, del cual, lágrimas secas salían a relucir y caían sobre los pétalos marchitos de aquella flor. Quien comenzó a crecer y aumentar sus raíces, logrando hacer tanto ruido que Dios volteó y lanzó un rayo con sus cabellos rojizos hacia el firmamento, dejando caer una mujer, quien tenia ordenes de desterrarme de la faz de la tierra, y esta sería su ultima oportunidad.

La mujer corrió, sus alas eran fuertes, y en cada aleteo cosas y polvo levantaba haciéndome más complicado el camino de la salida; hasta que vi la luz y me dejé caer hacia el acantilado. Abajo me esperaban sirenas, duendes y hadas, todos desterrados y pacientes de cordura, calculando en que parte caería primero para poder destrozarme, y acabar con mi mano sana que escribía todo lo que estaba pasando…

De pronto mis ojos se despertaron, habían soñado todo el desenlace que a mi cuerpo envolvía en ese instante, entonces fueron a mi búsqueda, llegando poco antes de que mi corbata tocase el suelo, lleno de excremento y huesos. Al encontrar mis ojos su lugar de origen en mi rostro, fue como si hubieran tocado un transportador que me llevó al origen de estos escritos.

Caí en una celda un tanto vacía, y llena de escrituras en las cuatro paredes donde iban a verme algunos amigos, de mes en mes, de dos en dos, y de tres a seis. Porque lo locos deben estar muy bien encerrados, pues son un peligro para la sociedad y para el status “alto”, porque los locos todavía podemos dibujar imágenes en el cielo, todavía podemos escribir canciones cursis y decir “Te quiero”, porque todavía hay muchos locos como yo, que creen en la utopía y salen a las marchas en contra de dictadores y opresores, que intentan apoderarse de cualquier vida humana que va vagando por los bosques o por las ciudades, intentando encontrar algún amor, algún cariño o abrazo que los vuelva a la vida.

Enterré esto allá por el año de 1986, en un cofre que confeccioné en el útero de un vientre que se perdió con el pasar de los años, y que tomó un camino distinto al mió. Hoy después de 19 años lo descubro, y me doy cuenta de que se acercaba el invierno y que su frialdad me tocaba las orejas, como advirtiéndome de su estación. Miré una vez más el cielo, y soñé hasta hoy, que se me hace muy difícil despertar y mirar que la conexión de mis sentidos están muy holgazanes como para darse cuenta que soy parte del viento que respiran, que los mantiene riendo y pensando a todas horas, que soy yo quien también les ha de quitar esa sensación fresca de sus dos agujeros negros que ocultan mucho, tanto como mi alma antes del invierno.

Jonathan de M




Pasadizos oscuros

Alce mi voz nuevamente y pude llegar hasta aquí, aquí donde ahora me encuentro más viejo, torpe y sin ti; donde ahora no hay más que una oveja preñada sola y sin sol.

Hoy pude ver tu ausencia pasar, por esta luz que trama a ciegas donde alumbrar, donde quedarse otra vez, para ahogar esa mirada tuya, que no endulza mas, que mi sombra en mi andar.

Quemé 20 velas negras, por una luz que volvió a nacer en ese mar de piratas ya vencidos, quienes por un instante pensaron, que su carabela los llevaría lejos, tan lejos, como yo también pensé llevar tu tristeza, para amarrarla tan fuerte hasta hacer que se desvanezca.

Voy a liberar tu alegría para que explore tu alrededor y selle cada grieta y caminos sin rumbo de la palma de tu mano y construir líneas invisibles de paz y amor, porque aún podemos hacerlo, porque aún tenemos aire para avanzar.

Porque aún queremos saber, que pasará al final de este destino que llegó un día para calmar tus penas y para que tu sonrisa y tu alma sean una sola. Para que así también, no me quede sin palabras y sin dicha, y no haya madrugada, que pueda volver a oscurecer tu luz. Para que los recuerdos no se olviden que existieron, para que el cariño que hoy siento por ti, se encariñe un poco mas mañana y para que el orgullo se enorgullezca de lo conseguido en esta vida, que hoy nos lleva de la mano, hacia la luz que siempre quisimos tocar.

Jonathan de M



Simplemente te quiero

Hoy estoy tan feliz que hasta me colgué de una estrella, tan feliz que corrí sin mover las piernas, tan feliz que mis ojos inundaron todo el planeta, tan feliz que mi sonrisa enamoro a todo el mundo, tan feliz por escuchar tu voz, tan feliz por tu vivir, tan feliz por ese amor, tan feliz por tu no ser, tan feliz porque te adoro entre los te amo y los te quiero, tan feliz por abrazarte e integrarte a mi ser, tan feliz por entrar en ti, tan feliz porque me olvido los motivos porque brindo, y tan feliz porque una vez más “Te quiero”.

Hoy divisé tu rostro vagando por mi pensar, hoy sin querer escribí tu nombre y mire al cielo lanzando una mirada hacia ti, hoy quise tratar de llamarte pero me faltó voz para hacerlo. Quizá primero, debí pedirte permiso, antes de nombrarte o quizá debí escribir tu nombre en el viento, amarrando a una de sus alas un pequeño mensaje, pidiéndote a ti, que logres pensarme también. Y que mantengas la esperanza más viva que antes, antes incluso del ayer, y del poco tiempo que nos podría quedar en este vaivén de almas y de sombras que buscan esa luz de la esperanza y de la fe; esa que se esconde atrás de tus enredados cabellos color canela, que queman más que el fuego vivo del infierno, que hoy viste de gala un vestido de noche de cielo santo y puro como la hipocresía y nos hace gala y nos muestra envidia, en cada entrega, que mi gracia le ofrece a tu ser.

Y saltando como un conejo te alcancé, te besé y me incruste en ti, para ser tu hoy, tu mañana y tu siempre.

Jonathan de M

Romance encadenado al destino

Volteé y no te vi, grité y no canté, te vi y no hablé, me fui y te busqué, corrí y te perdí como se pierde el tiempo pasado un día.

Perdido estoy por no tener sombra que mirar, y que seguir; perdida estás por no mirar y verme en ti a tus pies, y sin reír te extrañé, hasta llorar, y recordar la imagen tuya en mi pared.

Saliendo a cada hora te pensé, corriendo por mi alcoba y por mi fe, pisoteando mi talento en tu no ser, te observé desde un rincón, me conforme con escribir tu nombre fuera del renglón y con hacerte cada noche una canción, con traerte hasta mi almohada y soñar un sueño junto a ti, transformándote en mi pasatiempo sin razón.

Ya no habrá porque llorar, ya no tendrás que huir, porque el mundo es para ti, porque mi amor es para ti, porque mi sueño es claridad y mi transparencia timidez, ya que los mares gritarán tu nombre hasta mi andar y mi silencio saldrá a generar ruido por tu llegar, por tu sonrisa que la llevo como una encrucijada en bandolera y correré a extinguirme en mi hoguera, hasta que la locura de otro gran golpe, me deje exhausto y cuerdo, con miedo y ternura, fatigado y ostentoso, claramente obstruido, marchando al compás de un silbido, alzando mis manos temblorosas y rutinales por todo tu ser.

Te quiero y nada me hace más grande que esto, te quiero y llego a tocar el cielo, a robarle una pluma a un ángel, jalarle la cola al diablo, apagar el infierno y quemar el cielo; a soñar hasta ser viejo y volar hasta tu mirada.

Jonathan de M

Cuando ya nadie escucha tu voz

Hoy le grité mil veces a un sordo, y no volteó; hoy miré una rosa, y me quemé los ojos; hoy dibujé tu imagen en mi habitación, convirtiéndote en mi insomnio y mi visión; hoy maté a dos o tres insectos, y solo gané miradas extrañas; hoy pensé en ti, pero no sé si tú en mi?.

Hoy te convertiste en mi ficción, hoy me tatué la vista para verte siempre frente a mí, hoy lloré por una lágrima que callo antes de que llore, e incluso antes de que caiga. Hoy hice mucho ejercicio, y en vez de sudor, boté mucha sangre de color negro.

Hoy me llevaron de emergencia al hospicio por falta de aire y de tu respirar, hoy me escondí en un viejo cenicero en forma de cráneo y lancé pedazos de papel desde la oscuridad, hoy leí tu carta; eso estuvo bien, lo malo es que la leeré por siempre.

Hoy me mantuve vivo por mil vidas más, hoy conocí a Jesús pero no era el del cuadro, hoy te escuché por muchas horas y pensé el porque no respondiste mi pregunta, hoy encontré al hermano de una marioneta, hoy me encerré en un frasco y grité tu nombre con dirección a la tapa.

Hoy nuevamente pensé tanto en ti como no tienes idea, aunque creo que voy entendiendo la idea. Hoy me coloqué un anillo en el pulgar y me atrapó adjuntando a mí un poder inigualable, hoy casi me sorprendió tu ausencia, hoy me colgué de mis cortinas y no baje jamás, hoy te busqué en mis más lejanos y hermosos sueños y no te encontré.

Hoy una nube me dejó al final de la calle, y no vi una huella tuya. Aún me encuentro perdido y con la esperanza de encontrarme algún día.

Jonathan de M




sábado, agosto 18, 2007

Monólogo de un Duende

A veces creo tener el control, la fuerza me ata a todo lo que me une a ti, no siempre sale todo bien, o quizá soy yo quien sale mal. Te vi y sólo por un segundo comprendí cuan importante eres para mi, sostuve mis pies y no te solté, pensé quizá en un llover, pero el cielo estuvo despejado, lo divino me distrajo y lo escondido salio de su escondite, y se mostró y se aparto.

Tanto tiempo y no dejo de quererte, quizá el mundo ande detrás de esto, o quizá soy yo quien ando tras esto, y no lo recuerdo cada noche antes de pasar a mi otro mundo, tu mundo, ese extraño y sin penas, ese extraño y sin mordiscos, ese extraño y sin tu sombra que aligera mi pensar.

Te busco cada día, en cada andar, en cada noche que se asoma, por encima de mi cantar, que grita por gritar y llora sin mirar; atrapado, desolado, congelado, ultrajado, masturbado, sofocado, irritado, no concibo caminar y alzarme hacia ti … te pienso y no reflejo tu existir, te rezo y olvide que no recé antes de ti; los ojos me arden y la soledad aprieta, pero veo aún la luz y eso me alienta.

Salte a tu voz y cante junto a ti, pero no seguí, me tragaste y ni siquiera lo sentí, consumido, arrullado, digerido, destruido y jaloneado, todo se va y todo se queda en el pasado, el futuro no lanza dados, y la muerte es presente acomodado, no lo entiendo, pero lo comprendo, quizá no debí pero lo hice, no consulte pero predije, no pregunte pero lo dije, y lo peor de todo es que no te lo di a ti, y viviré creyendo que lo hice cuando no me deshice de nada.

Sólo aumenté el hedor de mis dedos, y la cotidiana promesa de sentarse a las 6, a tomar ese delicioso café, a orillas de la colina roja, en cada uno de sus palpitares inconcientes que ni se, en ese atardecer anaranjado, lleno de viento que vuelve a acostarse hasta que el sol amanezca, y yo cerraré mis ojos, y me dejaré caer, lanzando un “Adiós”. Y, que estúpido suena cuando no crees en Dios.


Jonathan Mantilla